Propaganda mañanera

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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Convencido de que la mejor manera de comunicar y “transparentar” las decisiones que de política pública realiza su gobierno, el presidente Obrador creó el formato de comparecencias cotidianas ante los medios de comunicación para “informar” a los mexicanos sobre el estado diario de su mandato.

Parecía buena idea hacerlo así. Abordar en cada entrega los temas de mayor trascendencia -se ha pensado-, es una buena manera de que los mexicanos nos enteremos de la agenda presidencial y la ruta que está siguiendo en el horizonte de lo que se ha llamado la cuarta transformación.

Desde ese espacio se han lanzado iniciativas para clausurar el aeropuerto de Texcoco, se ha declarado la guerra contra el huachicol, se ha anunciado la lucha contra la corrupción, se han anunciado programas de apoyo económico para sectores sociales diversos, se han defendido las acciones del gobierno, como la Guardia Nacional o la cancelación de las estancias infantiles, argumentando una perspectiva de fondo relacionada con una transformación sustancial sin corrupción y con resultados eficaces.

Ni dudar que en los primeros meses, acompañada del furor de una mayoría triunfante y esperanzada, la conferencia mañanera contribuyó a establecer una relación virtuosa que solidificó la relación del ejecutivo con sus bases sociales, de manera particular dejó en claro que el estilo de gobernar del presidente Obrador estaba decantado por la omnipresencia y omnisapiencia presidencial. La imagen de un presidente fuerte -que en realidad lo es y lo sigue siendo-, trascendió la fuerza que obtuvo en las urnas y se constituyó como la única y superior autoridad en la toma de decisiones de los grandes y pequeños asuntos que debe atender su amplio gabinete. Que nada se puede mover sin que el presidente lo sepa y lo sancione ha quedado claro en reiteradas ocasiones cuando ha tenido que recurrir al señalamiento y escarnio público en que ha convertido sus mañaneras. Si algo no ajusta en la perspectiva presidencial, la reacción es contundente, datos y conceptos son literalmente demolidos y los sustentantes descalificados, así sean adversarios o sus propios funcionarios.

Si en los primeros días este esquema le fue funcional al presidente y le ayudó a constituir la imagen de un mandatario firme, fuerte y de autoridad absoluta, al paso de los meses tal formato le está reportando inconsistencias, lo está colocando con regular frecuencia en zonas de alta vulnerabilidad y lo más delicado lo está llevando al borde de la incredulidad. Un formato basado en la centralización personal del discurso, en el que se adivina una falta de consensos entre los integrantes de su equipo y en la idea de que la propaganda (no la comunicación) son la ruta para generar la narrativa gubernamental y construir un imaginario social, choca con lo que aún persiste (por fortuna) de nuestra cultura democrática, acostumbrada al debate de los discursos, sobre todo del discurso gubernamental, al que no necesariamente se le admite como objetivo y verdadero.

El notable incremento de la ideologización de los actos gubernamentales, mucho más allá de lo que se pudo ver en las presidencias previas, como estrategia para generar aceptaciones acrisoladas en el discurso agresivo y maniqueo, expresada con palabras simplistas, tampoco le ayuda a constituir una comunidad de mexicanos con intereses comunes representados por la figura presidencial.

Los desmentidos de Jiménez Espríu en torno a la supuesta corrupción en las obras del aeropuerto de Texcoco o el manejo inconsistente de las cifras de homicidios en el último mes, son sólo dos referentes de una política de “comunicación” que se está precipitando al fracaso. La vulnerabilidad de esta política de comunicación fue puesta en crisis por el periodista Jorge Ramos quien con las propias cifras gubernamentales hizo tropezar de manera patética al presidente cuya reacción poco prudente orilló a sus operadores a que bajaran la información correspondiente trabajada por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad.

Si la comunicación de la presidencia se sigue manejando desde la perspectiva de la propaganda tendremos como rutina la preeminencia de la ideología y ello le va a ocasionar severos problemas de credibilidad y una caída constante en los niveles de aceptación pública. Las mañaneras, por urgencia política, deben transformarse bajo un formato en donde la comunicación institucional prevalezca, y sus contenidos sean de utilidad para la constitución de la unidad nacional y medios efectivos para la gobernabilidad. De continuar así terminará transformándose en la cama de tortura de su creador y en medio para la discordia y el debilitamiento del propio gobierno. Pero, sólo él sabrá. Sólo en sus manos está.

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