La relatividad del cambio

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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La rutina de toda sociedad es el cambio permanente. Siempre están ocurriendo cambios en la economía, la cultura, la seguridad, la educación, etc. Algunos se dan con suma rapidez, otros son lentísimos. La dirección de los cambios también son variados. Para el observador social, desde su posición, puede apreciar que el cambio puede ir hacia adelante, hacia atrás, a los lados, arriba o abajo. Su modo de ver y vivir el mundo es el medio por el cual juzga la dirección y la calidad del cambio.

El reconocimiento de los problemas en los que se desarrolla su vida, local o global, son el punto de arranque para estimar la urgencia o irrelevancia de lo que debe cambiarse. Cuando se reconoce personalmente lo que debe mudarse se asume la acción del cambio que este puede suponer, casi siempre, la modificación de valores y con ello de prácticas. Pero modificar estatus, de la naturaleza que sea, no es tarea fácil, más aún cuando lo viejo ha dado un piso estable y ciertos satisfactores de toda naturaleza. Sin embargo, en el plano personal puede haber un control mayor sobre las metas de cambio asumidas.

No es lo mismo asumir el cambio en el plano de las relaciones sociales, aunque las personas estén atravesadas por todos los vínculos que una colectividad supone. Las relaciones de poder en las que se soporta todo vínculo suponen una trama compleja de valores, de intereses y de percepciones personales que pesan como lápida de acero sobre toda una comunidad. La reproducción de tal cultura suele ser automática y sólo en contadas ocasiones los sujetos son conscientes de su origen y menos aún los que al saberlo intentan la transformación. Modificar esta poderosa trama no es una tarea tan sencilla como algunos han querido pensar en el decurso de la actual vida política nacional. Se necesita movilizar y sacudir un aparato pesadísimo cuyas inercias están constituidas justamente por los valores que deben ser cambiados.

Una sociedad puede “reconocer” en coyunturas históricas muy especiales los problemas que la aquejan y verbalizar la importancia y urgencia del cambio. Pero suele ocurrir, en nuestras sociedades jerarquizadas, en donde se endiosa a quienes ejercen el poder, que en lugar de convertirse en actores comprometidos para lograr esos cambios, transfieren esa responsabilidad a quienes ejercen el poder. Los grupos sociales reproducen un patrón ciego, bastante cómodo para los beneficiarios de los poderes, mediante el cual entregan subordinadamente su motivación de cambio a otros que tienen una expectativa de la transformación muy diferente y centrada en sus intereses.

En tanto no se movilice y sacuda ese pesado aparato que implica a instituciones como la familia, la escuela, los medios de comunicación, los espacios de convivencia comunitaria, etc.,  para formar una visión crítica de cada persona, que lleve a asumir la responsabilidad del cambio como una determinación ineludible, para dejar de entregar la responsabilidad del cambio a otros, la voluntad de cambio paradójicamente estará paralizada.

La mayoría de los mexicanos han creído que bastaba el voto indignado, que debía interpretarse como mandato para que los políticos cambiaran e hicieran transformaciones en tantos asuntos que no gustan e indignan. Si bien es cierto que ese momento de participación ha cimbrado la vida nacional también es evidente que es y ha sido insuficiente. Hemos entregado, como siempre, a los políticos la tarea de cambiar y cambiarnos, lo cual es bastante cómodo. Y aunque aquellos deben asumir compromisos, sin la acción crítica y activa de la ciudadanía, la tarea que se les encomendó corre el riesgo de distorsionarse y terminar en el gatopardismo.

Los mecanismos de reproducción del poder político y económico del país tienen una gran solidez a pesar de la inconformidad espontánea. La irritación por sí misma no supone el cambio si no se traduce en conciencia política y en mejores valores. El pragmatismo, la simulación, son entre muchos, rituales que buscan alimentar al infinito el poder de quienes lo detentan. Esa es la concepción del poder que sigue vigente y que tiene un claro origen en nuestra historia nacional. Aunque enoje no debiera extrañar lo que está ocurriendo en la 64 legislatura. El sistema cumplió su función, transfirió la indignación al voto para elegir a la clase política de siempre. En esa inercia lo que sigue es el paulatino desempoderamiento cívico para que con la legitimidad de la legalidad se represente la inconformidad como un mandato manso de una sociedad que ha querido que otros conjuguen el verbo cambiar sin que de este lado nos molestemos en intentarlo.

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