También son dueños del cielo

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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A principios de este siglo XXI los agricultores y pobladores de áreas en donde existen invernaderos, plantaciones de aguacate u otros frutos, ya expresaban su preocupación por el incesante cañoneo de nubes. Sostenían y siguen afirmando que esta tecnología inhibe las precipitaciones pluviales afectando los cultivos tradicionales de maíz y demás cereales y dañando severamente su precaria economía.

La omisión que a lo largo de estos 18 años han demostrado las autoridades ambientales federales y en muchos casos las estatales, ha dejado el camino libre para que los cañones antigranizo se vendan como pan caliente y abrumen las vastas zonas aguacateras de Michoacán. Lo cierto es que, casualmente, no existen regulaciones a pesar de que pobladores, productores tradicionales y ambientalistas denuncian cada año los efectos negativos de los dichos cañones antigranizo, “granífugos” según el lenguaje técnico usado para edulcorar una realidad que suena a fatalidad para el medio ambiente y para cientos de miles de pobladores del campo.

Quienes venden y compran esta tecnología justifican su operación argumentando que las ondas sónicas del cañón solamente diluyen el granizo para que inmediatamente se precipite una “suave lluvia” y que en absoluto espanta las precipitaciones ni tampoco genera daños en la salud de las personas, al ganado o las aves. Esta tecnología enfatizan ha sido determinante para poner a salvo cosechas de aguacate y frutos que representan miles de millones de pesos. Los productores agrícolas de maíz y pobladores de rancherías y poblados establecidos en las cercanías afirman todo lo contrario: tan pronto como se forman las nubes y esperamos la lluvia comienzan los cañonazos, duran las explosiones hasta 20 minutos, y gradualmente comienza a despejarse el cielo sin que caiga ni lluvia suave ni una sola gota de agua. Y dicen más,  para los aguacateros la falta de lluvias no es un problema porque previamente ellos se han dedicado a acaparar en ollas y a través de pozos perforados el agua que necesitan para regar sus plantaciones.

Algunos académicos como Fernando García García, investigador del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, señalan que los cañones son un mito, un acto de fe, que no sirven para el propósito, mientras otros de la Universidad de Guadalajara y de San Luis Potosí recomiendan que no se sigan utilizando. Si el objetivo de estos cañones que es destruir los embriones de granizo se cumple o no según los imprecisos estudios que se han realizado, no se deben dejar de lado otros efectos que ocasionan las ondas expansivas de las explosiones de acetileno que son el principio operativo de estos instrumentos.

Los apologistas de esta tecnología sostienen que la onda sónica del cañón, que llega hasta los 11 mil metros de altura, quiebra o diluye el granizo ocasionando solamente lluvia, logrando así su propósito para bien de las plantaciones. Nada dicen acerca de las cualidades de la onda expansiva, que derivada de las explosiones sucesivas de gas acetileno, desplaza el aire a su paso modificando la dinámica de las nubosidades. Si el aleteo de una mariposa modifica la evolución climática según la teoría del caos, la operación de decenas de cañones bombardeando el cielo en una área, por supuesto que modifican el comportamiento climático.

A falta de regulaciones federales los aguacateros se han adueñado de los cielos de Michoacán, ellos dictan la modificación climática a su antojo -sirvan o no los cañones para su propósito antigranizo-, y con ello pisotean el derecho a un medio ambiente sano, como lo establece el artículo 4° de las Constitución. Y se les permite que lo hagan sin restricciones. En los hechos el gobierno les ha concedido el derecho a apoderarse de los cielos y a modificar el clima a su antojo. No les ha bastado, a la mayoría de ellos, con cambiar el uso de suelo destruyendo los bosques, acaparar el agua a contrapelo de las Ley de Aguas Nacionales o contaminar tierras y aguas con agroquímicos poniendo en riesgo los ecosistemas y la biodiversidad, ahora el cielo es su propiedad y deciden sobre él.

Las autoridades gubernamentales en la materia, en vista de la ausencia de regulaciones y el abuso de los cañoneros granífugos, deberían suspender inmediatamente dichos instrumentos, promover la realización de investigaciones serias para conocer el alcance intrusivo ambiental de esta tecnología y generar las regulaciones obligadas, en donde lo primero que debe establecerse es que los cielos no son patrimonio privado ni tampoco deben ser objeto para el cambio del clima natural. Es decir, deben ser congruentes con lo establecido en la Constitución y la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente. Deben escuchar la voz de campesinos, productores agrícolas tradicionales, comunidades, habitantes de pueblos y  académicos. Escuchar y sólo atender la voz de la codicia aguacatera sólo profundizará la tensión social que se percibe en todas las zonas afectadas por el cañoneo de nubes.