La representación del enojo

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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Si alguien ha sabido entender y capitalizar el enojo de la mayoría de los mexicanos ese ha sido López Obrador. Sus contrapartes electorales o han desestimado la magnitud y fondo del hartazgo o no han dado con el método para entenderlo y representarlo.

De acuerdo a las tendencias publicadas por la mayoría de las casas encuestadoras, si la elección fuera ahora Obrador ganaría con una ventaja abrumadora. Los números indican que los adversarios de AMLO ya no tendrían manera de revertir semejante ventaja. Nada les resulta y pareciera que a diferencia de Aquiles este no tendría ni siquiera el espacio del talón como parte vulnerable.

El blindaje que Obrador se ha construido en las creencias electorales parece a prueba de todo. Como si fuera el gigante Anteo del mito griego, que peleando con Heracles cada vez que caía a la tierra se levantaba con más fuerzas porque la tierra Gea -su madre- lo hacía invulnerable. Obrador se ha metido en el imaginario social como el único político capaz de derrotar a las “fuerzas del mal”. Se ha apoderado de una gran parte de la voluntad y de la creencia pública y ahí radica su fuerza. Por eso, cada vez que se le tumba se levanta con el apoyo entregado y sin objeciones.

El enojo, la frustración y la decepción que muchos mexicanos están experimentando por el desempeño ineficiente de los gobierno ha encontrado en Obrador la representación personalizada de su sentir. La mirada de estos mexicanos esta puesta en un sólo y muy focalizado objetivo, la elección del 1 de julio. De la misma manera que la clase política se ha conducido con extremo pragmatismo para confeccionar alianzas contradictorias, incluida la que impulsa la candidatura de AMLO, los electores han asumido la misma concepción y buscan con Obrador, independientemente de sus defectos y virtudes, hacerlo instrumento de su misión para sacar del poder a quienes repudian.

Por eso no importan las historias negras de los impresentables que lo acompañan, tampoco importan la inconsistencia del discurso que afirma y niega de acuerdo a la plaza en que se presenta, tampoco importan los pronósticos poco alentadores que generan algunas de sus propuestas. Es decir, la mayoría de los electores mexicanos tiene su cabeza puesta en una acción precisa: votar contra los políticos que en este momento representan al sistema y todo lo que en el imaginario representa esa categoría tan ambigua pero propagandísticamente muy poderosa, “la mafia del poder”.

Contra todo esto no han podido los dos adversarios más importantes de AMLO. Sus estrategias no han logrado sacar a sus candidatos de la esquina en que los tiene acorralados el de Macuzpana, no pueden liberarse del señalamiento público de cumplir con todo el catálogo que los coloca como los enemigos que el pueblo necesita vencer para liberarse y ser felices. La narrativa es tan poderosa porque ha alcanzado tal nivel de credibilidad, que los tiene prácticamente engrillados en la piedra de los sacrificios.

Ha sido muy eficaz para representar el coraje social y estructurar una narrativa antisistémica muy simple de comprender (sea coherente o no, sea objetiva o no) y establecer una lógica impecable en la pragmática para aglutinar el voto de los indignados: confía, vota ahora, se ganador, lo demás será después. En la coyuntura se han encontrado la indignación social y la capacidad para traducir el enojo en votos, independientemente de cálculos pesimistas para el futuro.

Sus oponentes en cambio han sido dramáticamente mediocres. Es evidente que no han hecho el esfuerzo necesario para comprender las raíces del enojo, tampoco han abandonado el aire altanero de creer que deben ser creídos sin más, y su mezquindad es tal, que reflejada en sus estrategias lo único que hacen es elevar los porcentajes de preferencias de López Obrador. Este ha de reír a carcajadas con cada uno de sus traspiés.

Difícilmente podrían cambiarse los números a 27 días de la elección. Pero una cosa es hacer campaña y otra radicalmente distinta es hacer gobierno. Las preguntas verdaderas, las dudas profundas, llegarán del 1 de diciembre en adelante. Las incongruencias de ahora, los vacíos actuales, la prácticas toleradas en curso, los discursos divergentes, las aspiraciones, las esperanzas, encontrarán a la cruda y compleja realidad sin mascaras, será entonces cuando se sabrá si el voto del enojo desahogó constructivamente su furia, o si la babel aglutinada en torno a Obrador termina generando un ente gatopardista que cambia con coraje todo para no cambiar la esencia de nada.

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