Alemán y los límites de la libertad

La opinión de Julio Santoyo Guerrero ✍🏻

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Entre los muchos columnistas de las variadas concepciones que suelo leer día con día, uno de ellos era Ricardo Alemán. Soy un convencido de que la formación de una opinión propia y libre debe considerar los argumentos de quienes están cercanos a tu visión pero sobre todo debe contrastarse con la opinión de quienes piensan diferente. Algo tienen que decirte los que son diferentes a ti, por lo menos logran que tus argumentos sean sólidos.

En muy pocas ocasiones coincidieron mis opiniones con los textos que publicaba Alemán. Su estilo me parecía estridente y de una impulsividad que, desde mi perspectiva, sepultaba a menudo sus razones. Cuando retuiteó el ya famoso meme con el “ahí les hablan”, me quedó claro que el hombre había cometido un grave error que le traería serías consecuencias. Y así fue, terminó siendo despedido de Televisa, de Canal 11 y terminó por abandonar el diario Milenio en el que publicaba una de sus columnas.

La opinión pública consideró como muy delicada su afirmación, se le acusó de hacer apología de la violencia y en redes sociales se exigió su salida de los medios, cosa que prácticamente ocurrió en un lapso de 72 horas. No obstante que algunos pedían que su caso fuera abordado por la PGR para que fuera sancionado penalmente parece que todo terminó con el despido de los medios. Y parecería que todo hubiera sido el triunfo de la “justicia popular”.

Sin embargo, creo que se cometió un grave error. A Alemán debió habérsele juzgado por las instituciones de justicia  para que en su caso fuera sancionado conforme al estado de derecho por el supuesto delito de apología de la violencia tipificado en el Código Penal Federal. No obstante, la presión pública, por encima de las débiles instituciones,  generó que las empresas lo echaran y con ello se pusiera en entredicho la libertad de expresión. A  las empresas les interesa el marcado no siempre la libertad de expresión. Es que no se debía tirar con el agua sucia también al niño.

Me hago una pregunta ¿la sanción judicial por hacer apología del delito debe llevar a prohibir que una persona pueda acceder a los medios de comunicación y generar opiniones? Y digo claramente que algo anda mal porque otro de los columnistas que suelo leer es a Alfredo Jalife Rahme, con quien también no suelo coincidir, en ocasiones sostiene en sus columnas argumentos antisemitas para abordar las problemáticas y a sus adversarios, -siendo pro AMLO ha reprochado incluso la designación de Claudia Sheinbaum como candidata a la Ciudad de México, por su apellido judío y por “sionista”-  y sin embargo, hasta ahora nadie le ha acusado de hacer apología de la violencia y mucho menos le han retirado de los medios, si acaso Facebookle cerró hace años su cuenta para devolvérsela después.  He leído casi la totalidad de la obra de Paco Ignacio Taibo II, quien me parece un buen escritor, es un narrador muy ameno, comparto parte de su visión, sin embargo, me ha parecido preocupante que confundiendo la tribuna política con el cenáculo de la velada literaria haya expresado su convicción de que una vez en el poder  “los traidores serán fusilados en el Cerro de las Campanas”, y eso es apología de la violencia, y no he visto hasta ahora que Netflix y la editorial Planeta estén cancelando sus contratos. Definitivamente algo no anda nada bien. Una cosa es su opinión, su obra, y otra los delitos que puedan cometer.

Estamos siendo testigos de una ola creciente de fanatismo y odio impulsada y tolerada por la clase política, que está maltratando libertades tan preciadas como la de expresión, y esto viene de casi todas las tendencias políticas del país, las redes sociales están plagadas de ello. Lo grave es que haya tanto silencio. Por ejemplo, en meses pasados ante la declaración de Vargas Llosa, muy a su estilo y pensamiento, -y muy respetable-, sobre el populismo en América Latina y el proyecto de Obrador, la académica del Colegio de Sonora Carmen Bojórquez  llamó a quemar sus libros. Aunque trató de exculparse diciendo que era una broma (¿broma?) el asunto tuvo trascendencia nacional. Y sin embargo, no pasó nada, -por ejemplo no renunció a su institución bajo la premisa de la ética-. Ese tipo de llamados son veneno para la diversidad cultural y el derecho a la libre creación que no debieran ocurrir en nuestra sociedad.

Tengo buenos amigos, seguidores de AMLO y Morena, y sé que siempre han sido férreos defensores de los valores del liberalismo y de la izquierda propositiva, y que han luchado por lograr que este país tenga una democracia madura y plena, que repugnan la censura en los medios y aplauden la libertad de expresión, aunque por esa libertad resulten cuestionados por los comunicadores, pues esa es la virtud más hermosa de la democracia. Ellos deberían hacer un gran esfuerzo para que la tolerancia y la libertad de expresión no sean aplastadas y que la transformación que propugnan venga de la mano de libertades sólidas. Es el mismo llamado que debe hacerse a todos los protagonistas políticos y a sus miles de seguidores.

Esto debe parar. Luego del polémico incidente Alemán ha llegado enseguida el caso del actor Eugenio Derbez, a quien en el marco de la presentación de su película “Hombre al agua”, contestó a pregunta expresa, que no le parecía AMLO el mejor candidato. Acto seguido,  se inició una campaña de boicot en las redes sociales para que la gente no asista a las salas de cine a ver su obra. ¡Esto no puede ser! ¿Es la promoción de una estrategia de un tribunal cultural del “pueblo”, para ir en contra de los enemigos del pensamiento en ascenso? Y es que lo mismo ocurrió con el documental “Populismo en América Latina” de Javier García, que desde las redes fue boicoteando para que no se exhibiera ni en salas ni en la televisión por paga. ¿La censura del “pueblo”?

En verdad estoy preocupado, no es fortuita mi pena, y el referente que hago de este comportamiento de seguidores de Morena, que son millones tiene sentido y justificación. Y es que las posibilidades que tiene AMLO de ganar la presidencia son enormes. Es decir, la objetividad indica que podría asumir la presidencia el 1 de diciembre.

¿Cuál va a ser el trato que le darán  a las libertades? Quienes cuestionen al nuevo gobierno ¿serán presionados por el “pueblo” de las redes hasta reventarlos? -ya vimos que las instituciones están desvanecidas-. ¿Bajo esta inercia pública de indignación, que puede llevarse entre los pies a todo, y que viene creciendo, se condenará al ostracismo a literatos, cineastas, artistas y periodistas, cuya obra no sea afín “ideológicamente” al nuevo poder? ¿Veremos desaparecer de librerías y bibliotecas la obra de Vasconcelos (creador en los 40 de la revista Timón para elogiar a Hitler), la de Borges (¿quién no recuerda su filiación derechista y aquella fotografía junto al golpista Videla y el reconocimiento que aceptó de Pinochet?), la de Heidegger (Vinculado con el nazismo), la de Camus (acusado de fascista por sus críticas a la izquierda), la de Octavio Paz (aún resuenan los ecos de su empatía con el salinismo)? ¿y primerísimamente la del propio Vargas Llosa?  ¿Cuál será el límite de la censura del “pueblo” que se está instaurando?

La gente está indignada con razón, decepcionada de la clase política. Pero hasta ahora solo ha habido una alternativa eficaz para encauzar ese coraje: AMLO. Ese coraje se expresa principalmente como impulso antisistémico, pero no ha habido una alternativa que transforme esa energía en otra para construir dando continuidad a las instituciones de la república en el marco de los valores democráticos. Quienes asuman el poder, muy probablemente la expresión de Morena, ya deben ir comprendiendo -siendo realistas-, que los ofrecimientos no podrán ser materializados en breve, y que la indignación podría voltear la mirada hacia ellos si las cosas no salen bien de cara a la urgencia que plantea la sociedad. Por eso deben ser las instituciones y el estado de derecho los soportes de toda transformación sino es que queremos instalar a Robespierre en la plaza pública. Las consecuencias ya las conocemos.

Hoy como nunca en México, ante este panorama tan enrarecido y lleno de odio,  tienen un gran valor las palabras atribuidas a Voltaire “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderéhasta lamuerte tu derechoa decirlo”. Nuestra democracia no puede aspirar a menos.

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