El rito de la fantasía del cambio

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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Los mexicanos llevamos el rito de los ciclos metido en nuestra médula idiosincrática. Una buena parte de nuestros ritos cíclicos están alimentados por la esperanza de la buenaventura, otros tantos por el temor al permanente retorno de la tragedia.

El de la política es uno de los ritos cíclicos que más crece en el campo de la esperanza. Cada sexenio los mexicanos participamos del rito y casi siempre, con pura fe y esperanza, apostamos a que quien arribe a la suprema magistratura, el neo Tlatoani, el Virrey, el Cacique mayor, el Caudillo, el carismático líder, el presidente, signifique cambios de bien para la nación. En un acto que es más un propósito de fe que de racionalidad política, más de idolatría que de reflexión laica, los mexicanos hacemos depender de la magia de ese rito el destino del país todo.

El rito cíclico es una manera de eludir la responsabilidad de cada ciudadano en la construcción de su futuro y es una concesión de origen ancestral a quienes usufructúan el poder para que continúen administrando sólo ellos el acceso a las funciones de poder. La consolación a los malos gobiernos viene con la reiteración de la creencia de que en la próxima sucesión las cosas irán mejor. Y si no fuera así entonces es la fatalidad del ciclo que ahora marcó tragedia.

Las campañas en curso (lo de las precampañas es una farsa) todas promueven la esperanza del cambio para dar satisfacción a un amplísimo auditorio que necesita escuchar justo ese tipo de discurso. La esperanza se presenta envuelta en discursos varios, desde moderados hasta exaltados, y pareciera que por el fuerte sonar de las palabras el cambio es inminente.

Nada más falso. La palabra cambiar no implica el cambio mismo. En este primer capítulo de las campañas electorales, llamado impropiamente precampañas, lo que hemos presenciado es un ejercicio impresentable de transfuguismo de políticos y acarreo clientelar de simpatizantes para asegurar el acceso al poder de muchos de los integrantes de nuestra clase política. A este ejercicio repugnante de incongruencia, traición, mercantilismo electoral, se le ha querido presentar oficialmente como la etapa de precampaña y se ha difundido propagandísticamente ante los ciudadanos como el preámbulo para la presentación de las propuestas para “cambiar” al país. Los cierto, lo que está a la vista, es que lo único que se ha presentado a ojos de la nación es la impudicia de los compradores de mercenarios políticos. Como podemos ver en esto no está implícito ningún cambio venturoso para México. A donde sí puede llevar esta práctica es a la continuidad y a profundizar la descomposición. ¿En qué puede contribuir al cambio democrático del país el oportunismo político, el mercenarismo, el chambismo, el pragmatismo de líderes y el desprecio por los ideales? O sea, lo que se está cocinando en todas las expresiones es la continuidad, solamente que con cambio de gerente, así pueda el gerente ser un caballero en el decir o un exaltado de la palabra, sea del color que sea.

Lo única certeza que se puede verificar en este proceso político electoral es que no existen ideas. La frivolidad de los arranques emocionales de los aspirantes no cuentan como tales. A pesar de que los problemas del país se han complicado a niveles altamente preocupantes los aspirantes, ninguno, ha tenido ni el tino ni el talento para esbozar la agenda y mucho menos una perspectiva conceptual desde la cual abordarlos. Todos están empeñados en seguir la inercia del rito del cambio cíclico y en estimular la esperanza en los ciudadanos para que en las urnas ellos sean cruzados y contar más votos que el adversario.

Así como están las cosas y si siguen así en el segundo capítulo de las campañas las oportunidades de cambio quedarán nuevamente canceladas. Desde luego que no debemos confundirnos, una cosa es el cambio de líderes, ese seguramente ocurrirá y en ello están trabajando afanosamente las élites políticas del país, se trata de asegurar la chamba,  y otra cosa muy diferente es el cambio de la realidad nacional, esa que necesita ser abordada con ideas, con programas, con eticidad, con congruencia de los políticos, con mucho debate serio, con una gran participación ciudadana, esa realidad es la que ya está condenada al continuismo por el mercantilismo político.

Otra vez se cumplirá el rito del ciclo, otra vez podríamos decir, nos volvió a tocar tragedia. Claro, deberíamos preguntarnos qué he hecho como ciudadano para conseguir un futuro distinto.

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