Época de oportunismo, demagogia y espejismos

La opinión de Julio Santoyo ✍🏻

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En los días que corren el arte eficiente de una buena campaña electoral consiste en poder proferir las más escandalosas mentiras y lograr que miles o millones las crean. Para hacerlo, lo primero que hacen los gurús de la propaganda es despojarse de todo pudor y compromiso con la verdad y luego anular el aparato crítico racional de los ciudadanos para que sólo respondan a lo superfluo y a las emociones: al odio, al resentimiento, al afán de venganza, al fatalismo, a la victimización, al simplismo visceral de buenos y malos, al maniqueísmo cavernario, al determinismo simplón,  y a la creencia mítica del paraíso en la tierra. Y como mentir no está penado por las leyes electorales, se puede llegar a gobernar, como ha ocurrido ya, con un programa soportado en falacias, que termina decepcionando a todos, profundizando las desconfianzas entre ciudadanos y clase política y precipitando al país a la ruina.

Y esto ocurre cuando quienes ejercen el poder desprecian a los ciudadanos y los usan como simples piezas de su juego; cuando colocan en el centro de su quehacer político no el bien común sino el mezquino bien personal. Esta manera de practicar el autoritarismo, que dentro de las reglas del sistema electoral mexicano subordina a los ciudadanos al juego partidario, pues no les permite constituirse en factor de poder permanente, siempre se acompaña de una cauda demagógica para aturdir, confundir, confrontar y alinear la frágil conciencia ciudadana para respaldar espejismos y candidatos.

Todo ciudadano debe asumir que su condición dentro de nuestro sistema político es completamente diferente a la de quienes integran el conjunto de la clase política. Los primeros somos empujados a una participación marginal en la toma de decisiones, los segundos están ahí porque las rutas del poder les ha permitido dedicarse profesionalmente a dicha actividad y a tomar en sus manos las grandes decisiones. Son dos universos distintos que en los últimos años han protagonizado un choque frontal,  gracias a la ambición, oportunismo y decisiones erróneas de la mayor parte de esta clase que ha caminado de espaldas a la sociedad, a la que no ha sabido ni querido representar y que a costa de esa representación ha construido todo tipo de privilegios. Ninguna organización política -¡ninguna!- escapa a la crítica que la sociedad ha venido dirigiendo contra ellos, cada uno, sin esfuerzo, podría editar un libro negro de personajes impresentables, de actos de corrupción, de ineficacias, de mentiras, de omisiones, de cínico oportunismo  y hasta de crímenes.

La cultura del patrimonialismo, que tanto daño le ha hecho al país y que ha sido un obstáculo sólido para la consolidación de la democracia y de instituciones eficientes, sigue dominando la vida del país y en particular de los institutos políticos, y en su movimiento inercial se montan las actuales precampañas (realmente campañas) para inducir o reforzar la visión de que la sociedad, los ciudadanos son patrimonio de los partidos, imponiendo la concepción de que los ciudadanos no deben ni pueden tener ni conciencia ni acción independientes. Reproducen con sus prácticas y sus discursos la condición de una sociedad débil, de minoría de edad, frente a una partidocracia que monopoliza el acceso al poder, que se mima con todo tipo de prerrogativas y privilegios gracias al usufructo exclusivo del poder.

Matar o impedir que se fortalezcan las ideas de independencia ciudadana es crucial para la ruta de continuidad y exclusividad que pretenden los partidos y muchos de sus dirigentes. Hacer sentir e imponer la visión de que los ciudadanos son sólo una fibra del músculo electoral de los partidos para hacerse del poder es lo que hasta ahora hemos presenciando. Esta dosis nos la recetan todos los días en nombre de eslóganes pretensiosos, en nombre del cambio, la transformación y hasta de la libertad.

Las estrategias propagandísticas de los partidos están construidas sobre esta concepción patrimonialista y clientelar que niega a la ciudadanía y ostensiblemente la menosprecia. Es la manera como se relacionan con la sociedad, como un subordinado, como su vasallo electoral. De la manera en que se están haciendo son un insulto a las aspiraciones libertarias de todos los electores. Ahí nos quieren unos y otros,  para eso les pagamos el costo de sus multimillonarias campañas, no para promover nuestra libertad y nuestra independencia, sino para promover la subordinación y la manipulación.

De cara a la crisis de credibilidad en las instituciones y en los políticos, que vive México, la alternativa de generar libertad de crítica en los ciudadanos (que es abismalmente distinta a la crítica militante) es la ruta más segura para salir de la descomposición a la que hemos llegado. La “crítica” entre partidos es propaganda y está inscrita en una ruta funcional de perdón para la continuidad que no aportará transformaciones sustanciales para el bien de México. La reflexión crítica de los ciudadanos, como diálogo cara a cara con otros ciudadanos y con los políticos, para negar, para denunciar, para proponer y para dar seguimiento permanente a las políticas públicas y a los mismos políticos en su eticidad, es el camino independiente que debe seguirse para que la vida política se oxigene. En ese horizonte no caben los oportunismos ni los que le venden espejismos a México porque su perverso credo es contrario a la libertad de conciencia, a la verdad, y al espíritu de crítica para ir a la raíz de los problemas.

Lo que está en curso, -y es indignante-  es el avance de una maquinaria costosa y perversa que ve a los ciudadanos sólo como consumidores pasivos de mensajes a quienes desarman de su racionalidad crítica para que digieran los espejismos que les lleven mansamente y en masa a emitir su voto por candidatos inventados, por programas mentirosos y en muchos casos por los verdugos de siempre, por más santificados que ahora los muestren.

Los ciudadanos solamente tenemos el poder en los breves minutos en que marcamos la boleta electoral. Luego, bajo el actual sistema, se imponen las prácticas del vasallaje. Así que de lo que se trata es de romper esta condición. Primero, empoderándonos en la reflexión crítica de los contenidos y prácticas políticas; segundo, desmontando y denunciando los espejismos con los que se pretende engañar a los ciudadanos; tercero, decidiendo en libertad con argumentos que contrasten los diversos discursos, y;  cuarto, ocupando el espacio público, proponiendo, actuando, organizando y desde luego rompiendo con la visión ancestral patrimonialista que los partidos no han querido superar pero que los ciudadanos debemos quebrar. Si lo hacemos podremos distinguir los espejismos y oportunismos que nos proponen y rechazar los engaños con los cuales quieren acceder al poder. Es la manera de evitar que nuestro país siga caminando al abismo. Este es el diálogo duro e inclaudicable que debemos tener con todos los partidos, para desmontar sus espejismos y reventar sus oportunismos. Porque es imprescindible que los políticos tengan congruencia, que se distancien de la demagogia, que comulguen en sus hechos con la honestidad, que sus saberes los subordinen a la máxima política del bien común, que abandonen las estrategias perversas de dividir y confrontar a los mexicanos, que nos hagan propuestas responsables de cómo van a encarar los grandes problemas nacionales. Si no es así que los ciudadanos los repudiemos pues nos merecemos otro México.

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