Una presidencia desierta

La opinión de Julio Santoyo Guerrero ✍🏻

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La preocupación que a todo ciudadano agobia, en el horizonte de la sucesión presidencial de 2018, más allá de simpatías y rechazos inmediatos a uno u otro personaje que lidera esa amorfidad conocida como opinión pública, es que la estatura de quienes aparezcan en la boleta electoral y más aún de quien obtenga la mayoría no sea suficiente para entender y resolver la muy difícil agenda que demandan el país.

Hay personajes que aspiran, son bastantes, ahí no está el problema; hay lideres en los partidos y en la sociedad que buscan ser opción, y también son algunos, pero en el número tampoco está el problema. El problema es de contenido y de congruencia entre contenido y personajes. La gran preocupación se desprende de que hay una ausencia ya ancestral de contenido, es decir, a la clase política le ha hecho falta en los últimos años la chispa de la creatividad para buscar nuevas rutas de interpretación de la realidad nacional y mundial, desde la que construya otras propuestas para atender los problemas que se la han podrido al país en los últimos gobiernos.

Por ejemplo, imposible evitar una revaloración, tal vez paradigmática, del problema de la seguridad ante el cual se ha fracasado una y otra vez; sería fatal que quien ganara la presidencia decidiera políticas que en esta materia han sido probadas como erradas. Repensar el fenómeno de la corrupción es igual de impostergable, no puede seguir pensándose ese problema como una fatalidad y con alternativas solo focalizadas en el control administrativo sin considerar el todo del funcionamiento de las instituciones y la compleja madeja que le vincula con valoraciones de aceptación social.

Tal vez es temprano para pedir que quienes aspiran deban tener ya el trazo de contenidos esenciales, pero es plenamente justificado porque quien ha tenido la gigantesca responsabilidad de aspirar a conducir los destinos de México, está obligado a tener de antemano definiciones conceptuales en torno a la ruta que pretende seguir. Lo que ya no puede pasar durante la sucesión de 2018 es que de nueva cuenta se apodere la frivolidad, la superficialidad y el lenguaje visceral, de las distintas campañas y el voto sea otorgado no por lo sustantivo: las ideas y las propuestas,  sino por lo secundario: el color, la fotografía, la saturación de lo fatuo en las redes, etc.

Es preocupante que como están caminando las cosas el producto final, la elección y el electo, resulten otra vez un fiasco. Hasta ahora no hemos visto esa sana obsesión por las ideas, ese replanteamiento de paradigmas políticos, lo que hasta ahora han presentando algunos es lo que ya está contenido en lo que se ha hecho siempre. Tal vez necesitamos de un replanteamiento de las instituciones que no están funcionando, que las sacuda positivamente; tal vez necesitamos que la sociedad tenga un papel efectivamente protagónico en muchos asuntos que hoy el gobierno sólo burocratiza y entorpece; tal vez necesitamos sacudir nuestro sistema de representación democrática para afirmar la legitimidad de las instituciones; tal vez necesitamos erradicar los paternalismo, clientelismos y más que han frenado el desarrollo democrático y la consolidación de una sociedad civil fuerte.

El riesgo de una campaña por la sucesión presidencial carente de contenidos, llena de lugares comunes y denostación y de incongruencias en sus liderazgos es que nos genere una presidencia vacía. Puede alguien incluso ganar con suficientes votos pero el desierto de ideas será no sólo una nueva pérdida, habrá de representar la profundización de la descomposición política del país. Descomposición que ya lamentamos y que se expresa, desde luego, en fallidas políticas públicas en temas cruciales y en una desconfianza enorme entre ciudadanos y gobernantes.

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