Desde el primer día de su gobierno Donald Trump se tropezó con una amplia opinión pública adversa y con la propia solidez de las instituciones estadounidenses. El rechazo antisistémico de una parte importante de la sociedad norteamericana, inconforme con el escaso rendimiento de las políticas gubernamentales, encontró camino en el discurso del prejuicio y del odio del hoy presidente. Sus lapidarios discursos contra los mexicanos, chinos, islámicos, coreanos, inmigrantes, lo mantuvieron en el ánimo de su electorado.

Pero gobernar es muy distinto a realizar una campaña. Cuando el mandatario estadounidense ha pretendido hacer realidad punto por punto el discurso más emocional de su campaña se ha encontrado de frente con esa otra parte de su país que se expresa en instituciones fuertes y en voces y expresiones maduras y civilizadas, y ha tenido que tragarse las derrotas, recular o modificar el alcance de los propósitos. En temas cruciales para la derecha, como la migración, el libre comercio, la construcción del muro, la posición ante China, la Unión Europea, la seguridad,  Estados Unidos en esta hora es un país dividido.

Y pareciera que las discordias internas en temas tan importantes pudieran quedar rebasadas por un asunto mayor: la guerra. Así ha funcionando en otros momentos en la vida de algunas naciones, pero tampoco debe olvidarse que algunas guerras no contribuyeron en ningún momento a la unidad de sus pueblos y que su inicio fue tan solo el inicio de la catástrofe interior.

El furor del lenguaje militarista de Trump, muy semejante en la emoción al que le incitaba el lenguaje antimexicano en su momento, le ha llevado a la acción inmediata, a lanzar más de 50  misiles Tomahawk en Siria como reacción al ataque con armas químicas de las fuerzas de Bashar al-Ásad y el lanzamiento de la Madre de todas las Bombas a una posición del Estado Islámico en Afganistán,  y a retarse a la destrucción masiva con el líder de Corea del Norte Kim Jong-un. Los pasos que ha dado el gobierno estadounidense hacia la guerra son contundentes y la dinámica que está generando es irreversible. Es decir, en el horizonte inmediato se están dibujando los escenarios de una guerra inminente.

Con seguridad le han hablado a Trump al oído y le han explicado las ventajas de las políticas de guerra, como en toda la historia ha ocurrido: reactivación económica, unidad nacional, liderazgo global, modificación del orden mundial, aseguramiento de recursos estratégicos, imposición de bases militares y controles regionales. Y también, como a lo largo de la historia ha ocurrido, no le hablan o minimizan los riesgos: la posibilidad real de la derrota, la discordia interna contra la guerra, la entrada a un holocausto nuclear con consecuencias fatales para toda la humanidad y la modificación radical del clima.

Las políticas de guerra habrán de modificar, por necesidad, la política de seguridad regional, y eso supondrá muy a pesar de Trump y sus derechistas seguidores, un replanteamiento de la colaboración con México, y también en perspectiva habrá de transformar los criterios de negociación de los acuerdos de libre comercio que están en puertas de revisarse.

Sin embargo, la complejidad e impredecibilidad de los escenarios económicos y políticos, condición propia de la época contemporánea, podrían llevar al aventurero Trump a su peor momento y a encontrar el fracaso en todas las políticas guerreristas que ahora le están ocupando, y que cree son la salvación urgente para dotar a su gobierno de la fuerza y credibilidad que necesita de cara a las derrotas que se ha construido en estos tres delirantes meses de gobierno.

La espléndida guerra de Trump -que no dudo en que en algún momento así la nombre en su obsesión por adjetivar festivamente sus metas- la salvación de la derecha estadounidense, es un acto temerario que extenderá con rapidez los frentes de guerra de los conflictos actuales colocando al mundo y a las instituciones de gobierno global en situación de crisis y de inoperancia. Y puede ser, dado su desatino, también la tumba del propio Trump.