Es la tendencia mundial ante la débil e ineficaz respuesta de los gobiernos para resolver, a ojos de las sociedades, las demandas de una mejor calidad de vida en el horizonte de nuestra época. El discurso antisistémico ha ganado aceptación casi a ojos cerrados en las sociedades actuales, y desde luego en la mexicana. Puede ser de izquierda, de derecha o de centro. El punto de toque es el rechazo a los políticos y a las instituciones que representan lo que está en curso. La tendencia ideológica, si era confusa,  sólo adquiere la diferencia cuando ese discurso se convierte en gobierno y toma decisiones.

Los supuestos bajo los cuales se globalizó la economía, la política, las comunicaciones y la cultura, han sido rebasados por una realidad que produce recelos y discordias abiertas. El mercado no generó mecanismos de justicia y sí pronunció en las naciones más débiles los abismos entre riqueza y pobreza  e incluso en las naciones poderosas la prosperidad proveniente de la mundialización no resolvió los problemas de empleo y de ingresos de los trabadores y de las clases medias. Desde la política, los gobiernos cada vez llevados más a la minimización en sus atribuciones, han quedado al margen de la evolución brutal de una economía predadora que todo lo pretende subordinar, pero colocados también ante los retos de la representatividad en sociedades intensamente “comunicadas” y extensas demográficamente, aparecen como impotentes, ineficaces, omisos y muy distantes del interés directo de los ciudadanos. El ingrediente que más degrada a los gobiernos y que alienta la convicción antisistémica en países como México  es la corrupción, ineptitud e impunidad con que se desempeñan notorios personajes de la vida política.

El hartazgo acumulado fácilmente puede convocarse en una frase emocional: acabemos con los malos. Ello no siempre implica una ideología congruente, simplemente dejar salir y fluir el dolor de las afrentas y el coraje frente al engaño, las trapacerías y el fracaso. En parte eso es lo que hizo Trump en Estados Unidos, en eso se basó la campaña del Brexit, y en ello se está sustentando Marine Le Pen en Francia. El gran problema del discurso antisistémico actual es que no obstante el consenso automático, en torno a un diagnóstico al que todos hemos arribado por reflexiones y experiencias propias, no está plantado sobre un discurso político congruente y realista. Si bien es cierto que en la tragedia mexicana hay personas que deben ser juzgadas y debe abolirse la impunidad, también es cierto que deben tenerse propuestas altamente responsables para reformar o reconstituir las instituciones, es decir, debe construirse una nueva credibilidad, soportada en el funcionamiento eficaz de las instituciones que conforman el sistema.

Tarea nada sencilla porque quienes habrán de encargarse de esta misión, en el momento que sea, habrán de ser políticos, ya sea que provengan de partidos, de movimientos, e incluso independientes de verdad, pero todos ellos con una historia política. Es decir, no brotarán por generación espontánea del inmenso campo de los discursantes antisistémicos. Y es muy probable que tampoco sean aceptados, y que sean cuestionados por lo mismo que cuestionaban. La política real no es un acto de magia, en donde apareces el conejo que quieres, el conejo es el conejo antes y después de los conjuros del mago.

Más nos vale como país abrir las puertas a dos acciones. La primera y vital, a debatir con argumentos, más allá de mistificaciones y simplismos, los grandes problemas que tienen en vilo al país: los inmediatos que nos irritan, la corrupción, la impunidad, la  ineficacia gubernamental; los de largo alcance, el modelo económico de país y la justicia social, la ruta de la democracia mexicana, el proyecto de sostenibilidad ambiental. La segunda, la acción participativa de todos los ciudadanos, asumiendo responsablemente el compromiso de pensar para echar a andar nuestra voluntad y no permitir que este país continúe pudriéndose.

El consenso en torno al discurso antisistémico debe verse sólo como una etapa de la inconformidad nacional, la segunda etapa es clara, tiene que ver con el proyecto consistente del México que queremos para reemplazar lo que está podrido. Si nos quedamos en la primera, lo podemos pagar caro.